
Jorge Martínez Arévalo, el presunto autor de la eliminación y desmembramiento del joven Hans Pozo, visitaba moteles del centro con tiernos prostitutos... Para algo sirve que te pidan y algunos hasta te exigan tu cédula de identidad antes de la entrega carnal, el maní y la pilsen. Martínez Arévalo, dirigente municipal, casado, hijos, ocupaba lentes, viste corbata en las imágenes de video que rescataron algunos archivos de prensa y tiene cara de chileno. Nadie detectó nunca (según dicen) su conducta paralela, que dividía su vida entre la comida familiar para dormir con pijama y despertar para repartir a los niños al colegio, e inventar reuniones para degustar cuerpos jóvenes de muchachos que cuelgan del planeta.
No podría afirmar que el hombre que se suicidó cuando la policía quiso interrogarlo en su casa fue un abusador, pero tenía preferencias sexuales en las que clasificaba a sus putos o putas según su escasez de recursos y la falta de prejuicios a la hora de tener sexo... No es casualidad que en
vez de enterrar el cuerpo de Pozo con el fin de sepultar las pruebas, prefiriera guardarlo congelado cuatro días en las máquinas de su heladería, para luego descuartizarlo y repartir los trozos entre dos comunas. Delata un plan permanente para evadir su condición y parecer lo que era, hasta que creyó que se le derrumbaba su imagen pública. Hans pagó las consecuencias... el más débil, por supuesto. El más fuerte tuvo ánimos hasta para convertir siete días de la semana en una macabra puesta en escena, con sexo, homicidio, trozado y disgregado, que cerró disparándose en la cabeza con su poderoso revólver.

¿Qué tipo de parafilia sicosexual, pero también social, motivaba que el hombre prefiriese muchachos pobres, de la calle prácticamente? ¿Se habrá excitado con cada corte que le daba a ese cuerpecito congelado y -por lo tanto- fácil de trabajar con sierra? ¿Se habrá masturbado pensando en el crimen y en las desventuras sexuales del joven Pozo? La primera habría que estudiarla desde la ciencia, las otras dos no tienen respuesta, se fueron con el señor Martínez, el que trazó su hoja de ruta en un céntrico motel, antes de comerse el maní, beber un sorbo de cerveza y entregarse a sus innombrables placeres... antes de repetir su perverso ritual y eyacular en la pobreza.
PD: mientras escribo esto, en la televisión el pedófilo Zacarach pide que lo castren químicamente... debe pensar que está en la base de Guantánamo o Abu Graib.
ERRECÉ